28 de diciembre de 2011

Lisboa

Por circunstancias que se fueron dando a lo largo del viaje, Lisboa -y Portugal en general- empezaron a tener una particular importancia en mi vida. Porque, si nos ponemos a pensar, ¿qué significa Portugal para nosotros? Y, por 'nosotros' entiendo 'argentinos'. No, no fueron nuestros colonizadores -si bien estuvieron presentes ahí bastante cerquita, del otro lado del Río, cuando quisieron venir a complicarnos la vida, allá a principios del siglo XIX-; no, no tenemos una relación comercial/diplomática/quiensabequé importante; no, no los recibimos cuando no tenían para comer en su tierra y decidían cruzar el Atlántico para 'hacerse la América'; no, no hablamos su idioma; no, no tienen grandes cantidades de figuras culturales -pensamos en un Saramago, en un Pessoa, pero no mucho más que eso-.


Entonces, Portugal es, para nosotros, un país europeo, un poco más pequeño que el resto, que tiene la fortuna de estar situado en el Viejo Continente y que su riqueza se debe principalmente a eso. ¡Bien sea por su fortuita ubicación! Pero resulta que, en mi caso particular, cuando mis abuelos cruzaron el charco y recorrieron buena parte de Europa, pasaron por Lisboa [y me acuerdo que me trajeron de regalo una birome, cuyo capuchón escondía una banderita portuguesa que, cuando escribías, flameaba con el movimiento de la escritura], y les encantó. Y, ya que estoy acá, tan cerquita ¿por qué no darme una vuelta? Y allí fui, a conocer la capital de este país que tan insignificante me resultaba hasta hace no demasiados meses. Quizá por la reciente cercanía sentimental que tengo con el lugar, porque, de alguna forma, me 'tenía que gustar', porque la sentí cálida y cercana a pesar de no conocer la lengua, porque es Europa pero más latinoamericana que cualquier otra, me encontré en Lisboa con una ciudad que no imaginaba pero ni en mis sueños.


Bella es poco: es la simpatía de sus habitantes, sus calles de piedra, sus castillos en el medio de la ciudad, sus techos de tejas naranjas, su río -solo los que vivimos al lado de uno, sabemos cuánto su presencia marca nuestra identidad citadina-, sus pasteles de nata y de Belem, sus tranvías amarillos, sus infinitos azulejos, sus cafés a cualquier hora del día y en cualquier asiento que haya a la vista. 
'Alfama' como barrio paradójico: -otra vez, como en la mayor parte de Europa- esas callecitas laberínticas, que suben y bajan, donde mirar al cielo significa mirar la ropa tendida del 'día de lavado' y que eso nos haga sentir más en familia, donde las paredes blancas reflejan el sol de media tarde y busquemos, aunque sea por pura fantasía, un cartel de 'Aluga-se', para imaginarnos una posible estadía, esta vez más prolongada, esta vez más de local. 


Me imagino que si un alemán visita Lisboa, la va a ver pobre: porque, para mi, Lisboa era eso, una 'pobreza digna'. Porque sus paredes no están pintadas, porque no hay búsqueda de prolijidad -como sí la había en Londres- y se nota a primera vista. Y, sin embargo, es todo eso lo que la hace más bella: que en su no-búsqueda de pretenciosidad, logra encantar con lo que verdaderamente es, sin ambición, sin simular. 


13 de diciembre de 2011

Una carta de amor

Todo lo que de vos quisiera
Es tan poco en el fondo

porque en el fondo es todo

como un perro que pasa, una colina,
esas cosas de nada, cotidianas,
espiga y cabellera, y dos terrones,
el olor de tu cuerpo,
lo que decís de cualquier cosa,
conmigo o contra mía,

todo eso que es tan poco,
yo lo quiero de vos porque te quiero.

Que mires más allá de mí,
que me ames con violenta prescindencia
del mañana, que el grito
de tu entrega se estrelle
en la cara de un jefe de oficina,

y que el placer que juntos inventamos
sea otro signo de libertad.

Julio Cortázar, "Salvo el Crepúsculo"

8 de diciembre de 2011

Madrid


Breve pero contundente, pasé solamente algunas horas en la capital española. No siento que puedo decir ‘conozco Madrid’, pero sí que taché un par de cosas de la lista ‘cosas para hacer antes de morirme’ -¿ya pensando en morirme? ¡No! Pero hay que empezar rápido, antes de darme cuenta que tengo 70 años y todavía la lista es más larga que corta-. Qué taché, entonces: visitar el Museo del Prado y el Museo Reina Sofía. Sí, vi en vivo y en directo a ‘Las Meninas’, ‘El fusilamiento de 1808’ y el ‘Guernica’. No es poca cosa. Caminé también un poco por la Plaza del Sol, estuve dando vueltas por Atocha –tan trágicamente conocida-, comí un bocadillo de calamares en un bar de tapas muy típicamente español –donde a las dos palabras que dije, me preguntaron: ¿argentina? Y, sí ¿tanto se nota?- y saqué fotos de la Plaza Mayor. Todas las personas con las que hablé sobre Madrid me dijeron que era una ciudad chata, aburrida, sin gracia. Y, sin embargo, a mi me gustó … y bastante. Quizá me conformo demasiado fácil o tengo debilidad por las ciudades españolas –porque, hasta ahora, la idea de ‘acá podría vivir’ me surgió más que nada en España. Ni Londres ni París me despertaron la misma sensación. Sí, en cambio, me sucedió en Edinburgo, eso no lo puedo negar-. Pero ese encanto innegable que tienen las callecitas que surgen de ningún lado, angostas, con edificios de ventanas grandes y paredes decoradas con algún dibujo, a mi me puede. Y el Reina Sofía es una maravilla. No puedo esquivar la idea de que los museos de arte moderno y contemporáneo son mi lugar en el mundo. 4 horas estuve dando vueltas, maravillándome con lo mismo que me maravilló en el Guggenheim de Bilbao o en la Tate de Londres. Y eso que me imaginaba al Guernica como un mural mucho más grande, más imponente. Pero cómo me gusta que la pintura haya salido del figurativismo, que el arte de hoy en día implique una participación del espectador, que ya nada se reduzca a un lienzo sino a una instalación que implica un concepto que no está únicamente en la interpretación de una pincelada, sino en la percepción de la intención del artista, expresada a través de un video, una foto, un empapelado, una alfombra en el piso, unas cuantas líneas escritas, un contexto. 


España quizá me despierta la familiaridad de la cultura que nos conquistó hace 500 años y, tal vez por eso, la particular debilidad por sus ciudades. Porque sigue siendo una ‘especie de’ Argentina pero en otro continente. Y, si bien es justo este, un momento en el que Europa está más hundida que flotando, el Viejo Continente sigue teniendo un particular poder de seducción. Porque cuando cruzás la calle el auto frena y te deja pasar, porque la gente limpia la caca del perro, porque el colectivero no te apura para que te subas o no elige seguir de largo si no tiene ganas de parar donde vos lo estás esperando. Sonará tonto hacer referencia a ese tipo de actitudes, pero son justamente esas pequeñas cosas las que mejoran la calidad de vida. Me sigo preguntando si mi percepción es esa porque sigo viviendo acá como visitante y no de local. No sé si alguna vez lograré salir de mi origen –tan a flor de piel en este último tiempo … ¿coincidencia?- latinoamericano, quizá un poco resentido por la triste historia común que nos une con Europa. Pero sí puedo decir que, visto desde afuera, es innegable que nos queda mucho por aprender.
Ya tendré tiempo de volver a Madrid y ‘vivirla’. Por ahora, tacho Picasso, Velázquez y Goya y me resulta más que suficiente.

5 de diciembre de 2011

Bilbao

¿Por qué ir a Bilbao? ¿Es una ciudad que valga la pena conocer? ¿Tiene algo realmente importante para ver? Vaya uno a saber cómo –porque mi contacto con el mundo de la arquitectura tiende a cero de una manera infinita- pero sé que en Bilbao hay un Guggenheim. Y, bueno, quien me conoce, conoce mi fetiche por el arte contemporáneo. Entonces, ahí está la razón por la que ir a Bilbao: visitar el Guggenheim. Pero … ¿una ciudad solo por un museo? Sí, porqué no. Y de paso, entro un poco más en contacto con todo ese tema independentista vasco –ese idioma, ¡por favor! ¿De dónde salió? ¡Es completamente ‘’rootless’’! 



El punto es que Bilbao terminó siendo mucho más que solo un museo y mucho más que una ciudad industrial replanificada en los últimos 20 años. Bilbao es una ciudad bella, pero no en el estilo parisino de belleza. Al contrario: Bilbao es bella en su minimalismo, en su prolijidad, en su estilo moderno y poco recargado. Y sí, si subís a una colina lo que resalta es esa estructura metálica, escalonada y ondulante, que hospeda obras contemporáneas como solo un Guggenheim lo puede hacer. ‘Puppy’ y ‘Tulips’ de Koons –el primero en la entrada principal, el segundo en el balcón que da al puente rojo que completa la escena-, pinturas de Sam Francis y Louis Morris, Motherwell y Kline y, mi preferido sin lugar a dudas –porque la última vez que lo vi en la Tate de Londres, se me puso la piel de gallina-, Rothko, con sus paneles rojos y amarillos, que abruman, emocionan, transportan a otra dimensión donde no hay contacto con el exterior. 


Bilbao fue, aparte, mi primer viaje por Europa acompañada con coetáneos etarios. Porque hasta ahora había estado sola –Londres + Edinburgo- o con familia –madre en París-, pero no con gente de mi edad que conocí acá. Fuimos dos portugueses y yo los que decidimos hacer el viajecito y se sumó a la estadía el muchacho que nos hospedó: un estadounidense muy simpático, girador de mundos –pasó por Buenos Aires y todo-, ya recibido y llamativamente joven -¡21 años!-. Creo que el único gran ‘PERO’ en esos 3 breves días en la ciudad vizcaína fue el frío. Con solo decir que me empecé a cuestionar seriamente mi preferencia por las bajas temperaturas, creo que describo con claridad el frío que hacía, de ese que hace que no quieras salir del subte porque ahí está calentito o que te incita a buscar constantemente una taza de café para tener entre las manos, que ni siquiera con guantes logran mantener una temperatura medianamente aguantable. Quizá es porque me olvidé del frío porteño, pero me da la sensación de que hasta el invierno europeo es distinto del argentino. ¿Por qué? Porque realmente estoy pasando frío –noches en las que pierdo cualquier tipo de contacto neuronal con los dedos de los pies, por ejemplo-, cosa que no me sucede cuando estoy en mi ciudad de origen. Pero, hasta ahora, solo sucedió en Bilbao y Madrid; Barcelona sigue siendo una ciudad templada, donde, cuando sale el sol, todo es mucho más alegre y acogedor.
Entonces, ¿el balance de Euskadia? Definitivamente positivo; con solo pensar que hasta se me cruzó por la cabeza: ‘ya fue, encuentro trabajo acá y el próximo semestre, abandono Barcelona … y Buenos Aires’. 




12 de octubre de 2011

La ciudad de la luz

Hay tres palabras que no pueden ser usadas para describir París. Esas palabras son modesto, discreto y humilde; París es cualquier cosa menos modesta, discreta y humilde.
Hace días que pienso qué escribir sobre Barcelona y, si bien ‘modesta, discreta y humilde’ tampoco son demasiado aplicables a la ciudad catalana, definitivamente están más cercanas a ella que a la capital francesa.
Uno piensa en París y las primeras imágenes que le vienen a la cabeza son, probablemente, la Torre Eiffel, los Campos Elíseos, el Arco del Triunfo, Notre Dame, la Mona Lisa y quien la hospeda, el Louvre. Tal vez por una –aún imperceptible- alienación profesional, a mi me dicen ‘París’ y pienso en revolución, en Napoleón, en comunas y guillotinas, en estudiantes reclamando por sus derechos en la primavera del ’68, en ejércitos nazis marchando por sus calles. Y en mi corta estadía no pude salir demasiado de las primeras imágenes que nos vienen a la cabeza: le saqué 36 fotos a la Torre Eiffel, algunas al Arco del Triunfo, caminé por los Campos Elíseos, entré y contemplé los vitrales de Notre Dame, miré desde afuera la pirámide del Louvre [pero no, no vi a la Mona Lisa: preferí, antes que una exposición interminable de pinturas renacentistas y estatuas griegas, una más breve y concisa impresión impresionista –valga el juego de palabras- del Museo d’Orsay].


París es ampulosidad. París es ostentación, grandeza, magnanimidad, cúpulas doradas y brillosas, es más de 30 puentes que atraviesan el Sena, es una suma de iglesias, palacetes, palacios hechos y derechos, mausoleos y museos interminables que brotan de las calles como si fuera lo más común del mundo. Y es semejante magnificencia lo que hace que la ciudad resulte completamente inabarcable, abrumadora, incomprehensible -¿existe esa palabra?-. Porque, a diferencia de Barcelona, más pequeña y en esa misma pequeñez más acogedora y cálida, París es distante en su belleza. Dejemos algo en claro: tal belleza es incontestable y quien dice lo contrario, habla con necedad. Pero, sin embargo, tanta seguridad, tanta confianza en sí misma, implican algo de soberbia que no nos permite, a nosotros, visitantes extranjeros, enamorarnos del todo. Y los parisinos tampoco ayudan: imbuidos en el orgullo de pertenecer a semejante belleza, caminan seguros de sí mismos, sin mirar a aquel que no forma parte de la grandiosidad local.  


Cuando le conté a un amigo que tenía pasajes para venir, su respuesta natural fue: ‘Paris is overrated’ –textuales palabras-. No sé si mi opinión llega a tal extremo. París es insoslayable en una visita europea y, aceptémoslo, quién no quiere una fotito con la Torre Eiffel de fondo –que, por cierto, no me saqué-. Pero lleguen preparados para sentirse abrumados, completamente maravillados y, por qué no, un poco maltratados. 

7 de octubre de 2011

Aplastamiento de las gotas

Llueve en Buenos Aires, se nubla Barcelona.

Yo no sé, mira, es terrible como llueve. Llueve todo el tiempo, afuera tupido y gris, aquí contra el balcón con goterones cuajados y duros, que hacen plaf y se aplastan como bofetadas uno detrás de otro, qué hastío. Ahora aparece una gotita en lo alto del marco de la ventana; se queda temblequeando contra el cielo que la triza en mil brillos apagados, va creciendo y se tambalea, ya va a caer y no se cae, todavía no se cae. Está prendida con todas las uñas, no quiere caerse y se la ve que se agarra con los dientes, mientras le crece la barriga; ya es una gotaza que cuelga majestuosa, y de pronto zup, ahí va, plaf, deshecha, nada, una viscosidad en el mármol.
Pero las hay que se suicidan y se entregan enseguida, brotan en el marco y ahí mismo se tiran; me parece ver la vibración del salto, sus piernitas desprendiéndose y el grito que las emborracha en esa nada del caer y aniquilarse. Tristes gotas, redondas inocentes gotas. Adiós gotas. Adiós.

Julio Cortázar 

14 de septiembre de 2011

Domingo Mediterráneo

El domingo es un día que nunca me gustó demasiado. Es como un feriado pero sin ser feriado, porque no agrega un día más de descanso sino que, al contrario, nos anuncia que, al día siguiente, empezamos de nuevo con la semana. ¿Y a quién no le gusta un poquito más de descanso?
El domingo significa que todo está cerrado, que hay menos gente por la calle, que no hay mucho para hacer y que encima nos tenemos que ir preparando para la llegada del lunes. Es más, si tuviera que elegir entre domingo y lunes, definitivamente me quedo con el lunes. Díganme loca, pero hasta ese punto llega mi poco cariño hacia el domingo.
Busco, entonces, para esconder esa especie de alergia dominguera, cosas para hacer. Este último domingo que pasó, elegí la playa. Las temperaturas definitivamente lo ameritaban. Trencito de por medio, llegué a Sitges, una especie de balneario catalán, a 36 kms. de Barcelona. Es de esas ciudades que hierven durante el verano -no solo por las temperaturas, sino también por la cantidad de gente que la transita- y en el invierno, duermen, recuperando energías para la próxima marea de visitantes extraños.
Me encontré con un pueblo pintoresco pero no demasiado; algo venido a menos -tal vez por el difícil momento español- con muchas casas en venta y unas cuantas paredes bastante despintadas. Y, sin embargo, no era eso lo que importaba. Lo que importaba era lo que se veía desde el pueblo, dónde 'balconeaban' -por decirlo de una forma inmobiliaria- todas las ventanas. El Mediterráneo. Quizá más mito, más historia que realidad, pero ese mar es testigo de buena parte de la historia de Occidente. Un color entre verde y celeste, una temperatura ideal, sin olas. El estilo de mar que más me gusta. La playa estaba que rebalsaba de gente, por lo que elegí una piedra y ahí me senté. Y ahí me quedé durante tres horas. Simplemente ahí, estando. Obviamente, como no podía ser de otra manera, terminé como un camarón. Pero quién me quita esas tres horas de puro mar, de viento que hace olvidar un ratito el sol que quema fuerte, de olor salado, de pelo despeinado y nariz roja.



8 de septiembre de 2011

Nómade

Un amigo, que se autocalifica como 'nómade por naturaleza', me escribe:

"No importa mucho dónde vayas, sino quizás lo que estás dispuesta a encontrar en el viaje. 
Dejá ir todo, cerrá los ojos e imaginate por un momento que no tenes raices, que no tenes que volver a la argentina, que ni siquiera conoces ese lugar..."

Y me viene de bien. Porque no estoy volviendo a encontrar lo que encontré en la primera parada del viaje -Edinburgo, vale recordar. No sé tampoco cuánto fue real, cuánto le estoy poniendo a la ciudad, cuánto fue por ser la primera parada y venir con todo el envión de finalmente empezar esta modesta travesía. 

Creo, a pesar del aplastamiento momentáneo del ánimo, que ya voy a encontrar esas caras conocidas -aún desconocidas- que tanto estoy ansiando ver. 


[lo que suena]

2 de septiembre de 2011

Regent's Park

Un día soleadísimo en Londres.
Almuerzo en el Regent's Park, uno de esos enormes parques que hay por aquí.
Fotos y banda sonora:

1 de septiembre de 2011

5 días en Londres

Londres Londres Londres.
En realidad, hace ya 6 días que estoy acá, dando vueltas. Y qué puedo decir. No, no puedo decir que Londres es lo que esperaba. Sí, es menos. Quizá por la construcción de expectativas que tengo en marcha desde siempre, vaya uno a saber por qué. Yo siempre lo expliqué con cosas como: 'porque toda la música que escucho es británica' o 'adoro su acento'. Pero, en realidad, no se me ocurre ninguna otra razón, con lo que mi fascinación por lo británico queda sin demasiado sustento racional.
Y, sin embargo, se escucha decir por ahí que Londres es una de las mejores ciudades del mundo. A ver, que esto no se entienda como una crítica, nono. Es una enorme expectativa, difícil de cumplir y que, efectivamente, no se cumplió. Cosas que pasan. Igualmente, y aunque lento, le voy tomando el gustito. Quizá sucede que no me resulta tan ajena. Es una gran ciudad, como lo es Buenos Aires, donde me crié y a la que adoro más que cualquier otro lugar que conozco. Y quizá por eso no encontré en Londres todo lo dazzling que esperaba encontrar: porque me resulta familiar, enorme, ruidosa, urbana en extremo.
Y, a pesar de todo, no quiero dejar pasar algunos rasgos que no dejan de llamarme la antención. En primer lugar, las londinenses. Nótese: las londineses. No es como era en Edinburgo, donde todos los hombres eran inverosímilmente bellos. Aquí, en cambio, todas las mujeres son impactantes: se producen, se visten, maquillan, coquetean con ellas mismas. Mi referencia cinéfila cae aquí en Hollywood y 'El diablo viste a la moda': es exactamente eso. Yo misma me encuentro comprando cosas, -todo lo que la pound multiplicada por 7 permita-, intentando abandonar mi buzo holgado y cómodo, para estar más a tono con la femineidad local.
Los parques es algo que a los porteños definitivamente nos falta y que aquí, abundan. Y son enormes. De verdad: enormes.
La obsesión por el orden: todo está pautado. Y cuando digo todo es todo: cuando se usa la escalera mecánica, hay que pararse a la derecha, para dejar pasar al que quiera subirla caminando; y si se obstruye el paso, uno se liga una miradita que mejor no decodificar su significado. La basura se separa, pero no en 'objetos reciclables' y 'objetos no reciclables' sino en: vidrio, papel, comestible, plástico, no reciclable. En todas las esquinas está escrito, sobre el asfalto, para qué lado mirar -sí, es cierto: deben tener presente que son uno de los pocos países donde los autos circulan al revés, pero .. ¿en todas las esquinas? Sí, en todas las esquinas. Y estos son solo algunos ejemplos que se me vienen a la cabeza. Esto no los hace mejores que nosotros -porque, reconozcámoslo, todavía está presente esa idea de que hubiera sido mejor si nos conquistaban allá por 1807- sino que, de algún modo, los hace más obsesivos, más cumplidores. Habría que hablar con un poco más de fundamento empírico, pero es en esto -según mi humildísima e infundamentada opinión- donde ellos pierden esa 'latinidad' que nosotros tenemos tan a flor de piel. No existe para el inglés el 'dejarse ser' el 'ir con la corriente' porque, justamente, todo está escrito, todo debe ser de cierta manera.
Y, a pesar de esta diatriba que linda peligrosamente con una crítica negativa, aquí algunas fotos del barrio donde me estoy quedando. No, no me molestaría vivir acá. Para nada.


26 de agosto de 2011

Edinburgo


Viajé bastante a lo largo de mi -aún- corta vida. Pero muchos viajes los hice de chica, cuando el 1 a 1 nos facilitaba andar dando vueltas por ahí, con nuestro inmensamente sobrevalorado peso. En esa época fui por primera vez a Disney -después volví a ir dos veces más-, conocí México, Perú, Cuba, Chile, Brasil. Pero poco me acuerdo. Y cuando finalmente pude empezar a acordarme, se vino la debacle de 2001 y empezamos a ir mucho a Córdoba, a la Costa, a Córdoba, a ningún lado. El batacazo devaluatorio fue eso: un batacazo que nos dejó -dicho en crillo- culo pa'l norte. Recién con el viaje de egresados volví a salir del país. Y el destino fue, nada más y nada menos, que mi tan extranjeramente querida Italia; de esa que me habían hablado desde los 4 años. La tierra del Dante, de Boccaccio y Petrarca. Galileo, Leonardo, Michelangelo. Y los Medici y los Sforza. Donde los Romanos construyeron ese imperio que no fue superado, al menos en Occidente, hasta los españoles y sus tan suertudos viajes interoceánicos. Italia fue la concreción de todo lo que había escuchado durante los últimos 13 años de mi vida. Italia fue entrar al Duomo di Milano y emocionarme; fue entrar a Piazza San Marco, de noche, toda iluminada y no poder creer lo que estaba viendo. Fue bañarme por primera vez en el Mediterráneo; fue comer esos cannoli de ricota que nunca volví a probar.
Después de conocer a mi querida botita es que retomé los viajes al exterior. Llegó Brasil, NYC, Cuba.
Y hoy, aquí estoy, en Edinburgo. Que, seriamente hablando, se queda con el puesto número 1.
Es parques, calles que se abren de lugares inexplicables, gente buena onda -y bella, MUY bella-, construcciones de película. En realidad, me resulta bastante indescriptible. Es estar impresionándose, asombrándose en cada esquina con lo que se ve. Es sacar fotos de edificios y fachadas y más edificios y más fachadas y callecitas curvas y jardincitos donde no se escucha qué sucede afuera y más fachadas y puertitas y escaleritas que desembocan en otras callecitas y edificios que veo y digo: 'Acá mi próximo departamento'. Es escuchar gaitas desde la habitación y ver hombres en pollera, que, quiérase o no, nos resulta raro. Es seguir caminando porque te lleva, porque no importa el tremendo dolor de pies, porque no se puede decir que no, porque quiero ver qué hay más allá, quiero conocer y llegar al mar y dar media vuelta y llegar al campo.
Este viaje largó con un +10.
A ver qué pasa con Londres.

25 de agosto de 2011

Londres - Edinburgo

Bueno. Aquí comienza la narración de mi vuelta por Europa. 
La idea de mantener un diario de viaje siempre me gustó; es más, siempre lo hice. Tengo un cuaderno de tapa naranja, donde quedaron registrados más de una travesía por algún lugar que no fuera Buenos Aires: el viaje de egresados a Italia en el 2006, el Festival de Cine de Mar del Plata –un primer y muy valorado viaje iniciático con mi tan querida Marti- en el verano de 2007, la lluviosa estadía en Buzios en 2008 con mi madre. El mejor viaje que hice hasta ahora –sin intención de desmerecer al resto- cerró el período del cuaderno de tapa naranja, y dio comienzo a otro cuaderno –esta vez, más paqueto- donde dejar registro de mis vueltas por el mundo. El viaje fue a NYC. Fueron 12 días de conocer, caminar, buscar, sacar fotos, hablar más en castellano que en inglés, almorzar en pequeños carritos en la calle, ver los cupcakes más lindos del mundo –aunque no tan ricos, debo admitir- probar los ‘mac and cheese’, ver a Radiohead y a Regina en vivo por primera vez, ir al MoMA, tirarse en el Central Park a ver un rato el sol. Resulta casi innecesario notar que todas esas vivencias hicieron del viaje una experiencia alucinante, pero no puedo dejar de decir que fue la compañía lo que, definitivamente, pusieron a mis días en ‘La Gran Manzana’ en el pueso número 1 de mis andanzas por ahí. Y, que conste, esto no es una alabanza a mi acompañante. Nono. No quiero sacarle mérito tampoco. Es para, simplemente, dejar en claro cuánto suma una buena compañía. Y la buena compañía no implica que la otra persona sea copada o no, que elija todo igual que nosotros, que nos diga a todo que sí, que prefiera caminar antes que tomar el subte, que le guste más la mostaza que el kétchup. Sino que una buena compañía es aquella persona con la que queremos viajar, pasar el tiempo, compartir algo nuevo, asombrarse juntos y sentirse extranjeros –o no: quizá uno se siente más local que otra cosa y entonces, tal vez, encontró el propio lugar en el mundo.
Hubo después de NYC otros viajes, más o menos afortunados, más o menos deseados, más o menos planeados. De todos –o de su gran mayoría- quedó algún registro escrito.
Y, de nuevo, aquí estoy, viajando. Más específicamente en un tren de Londres a Edinburgo, con la campiña inglesa alrededor, de esa que siempre escuchamos hablar pero sobre la que nos preguntamos: ¿realmente existirá? Sí, se los confirmo: aquí está, pasando fugazmente por la ventana del tren; todo verde, todo ondulado.
Yendo un poco con la modernización de nuestras vidas, elegí, esta vez, el soporte virtual para escribir. Tal vez por el auge de las redes sociales que, de alguna manera, nos hacen compartir -¿o exhibir?- todo aquello que hacemos. O quizá para sacudirle el polvo a la idea del cuaderno, es que el blog me pareció una buena opción. Veremos en un tiempo si fue o no una buena
 
decisión –no como la mochila de 20 kgs. que cargo como un trasto viejo en estos días. 
[banda de sonido]
La pretensión de este diario de viaje virtual no es tanto dejar un registro día por día, sino más bien reflejar impresiones, imágenes, percepciones. Y aquí la primera: veo, desde la ventana del tren, el mar que rodea la costa escocesa. Me hace acordar a ‘The Ghost Writer’. Hay en el mar una línea que zigzaguea y lo corta por la mitad. Los pueblos que vi son exactamente iguales a como se ven en las películas inglesas: pequeñas casitas, una pegada a la otra, con un obligatorio jardincito al fondo –que no necesariamente tenga pasto, pero donde cuelgan la ropa, dejan los juguetes viejos y usados de los chicos, plantan alguna lechuguita-, ladrillo a la vista, dos chimeneas por techo. Pensé en ‘Secrets and Lies’, pensé en ‘Billy Elliot’ –es más, pasé por su pueblo, Durham-, pensé en ‘Another Year’. Y ahora con el mar debajo de un discreto peñasco, pienso en ‘Cumbres Borrascosas’. 
Recuérdenme cómo es que llegué acá, que yo todavía no lo puedo creer.