26 de agosto de 2011

Edinburgo


Viajé bastante a lo largo de mi -aún- corta vida. Pero muchos viajes los hice de chica, cuando el 1 a 1 nos facilitaba andar dando vueltas por ahí, con nuestro inmensamente sobrevalorado peso. En esa época fui por primera vez a Disney -después volví a ir dos veces más-, conocí México, Perú, Cuba, Chile, Brasil. Pero poco me acuerdo. Y cuando finalmente pude empezar a acordarme, se vino la debacle de 2001 y empezamos a ir mucho a Córdoba, a la Costa, a Córdoba, a ningún lado. El batacazo devaluatorio fue eso: un batacazo que nos dejó -dicho en crillo- culo pa'l norte. Recién con el viaje de egresados volví a salir del país. Y el destino fue, nada más y nada menos, que mi tan extranjeramente querida Italia; de esa que me habían hablado desde los 4 años. La tierra del Dante, de Boccaccio y Petrarca. Galileo, Leonardo, Michelangelo. Y los Medici y los Sforza. Donde los Romanos construyeron ese imperio que no fue superado, al menos en Occidente, hasta los españoles y sus tan suertudos viajes interoceánicos. Italia fue la concreción de todo lo que había escuchado durante los últimos 13 años de mi vida. Italia fue entrar al Duomo di Milano y emocionarme; fue entrar a Piazza San Marco, de noche, toda iluminada y no poder creer lo que estaba viendo. Fue bañarme por primera vez en el Mediterráneo; fue comer esos cannoli de ricota que nunca volví a probar.
Después de conocer a mi querida botita es que retomé los viajes al exterior. Llegó Brasil, NYC, Cuba.
Y hoy, aquí estoy, en Edinburgo. Que, seriamente hablando, se queda con el puesto número 1.
Es parques, calles que se abren de lugares inexplicables, gente buena onda -y bella, MUY bella-, construcciones de película. En realidad, me resulta bastante indescriptible. Es estar impresionándose, asombrándose en cada esquina con lo que se ve. Es sacar fotos de edificios y fachadas y más edificios y más fachadas y callecitas curvas y jardincitos donde no se escucha qué sucede afuera y más fachadas y puertitas y escaleritas que desembocan en otras callecitas y edificios que veo y digo: 'Acá mi próximo departamento'. Es escuchar gaitas desde la habitación y ver hombres en pollera, que, quiérase o no, nos resulta raro. Es seguir caminando porque te lleva, porque no importa el tremendo dolor de pies, porque no se puede decir que no, porque quiero ver qué hay más allá, quiero conocer y llegar al mar y dar media vuelta y llegar al campo.
Este viaje largó con un +10.
A ver qué pasa con Londres.

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