Por circunstancias que se fueron dando a lo largo del viaje, Lisboa -y Portugal en general- empezaron a tener una particular importancia en mi vida. Porque, si nos ponemos a pensar, ¿qué significa Portugal para nosotros? Y, por 'nosotros' entiendo 'argentinos'. No, no fueron nuestros colonizadores -si bien estuvieron presentes ahí bastante cerquita, del otro lado del Río, cuando quisieron venir a complicarnos la vida, allá a principios del siglo XIX-; no, no tenemos una relación comercial/diplomática/quiensabequé importante; no, no los recibimos cuando no tenían para comer en su tierra y decidían cruzar el Atlántico para 'hacerse la América'; no, no hablamos su idioma; no, no tienen grandes cantidades de figuras culturales -pensamos en un Saramago, en un Pessoa, pero no mucho más que eso-.
Entonces, Portugal es, para nosotros, un país europeo, un poco más pequeño que el resto, que tiene la fortuna de estar situado en el Viejo Continente y que su riqueza se debe principalmente a eso. ¡Bien sea por su fortuita ubicación! Pero resulta que, en mi caso particular, cuando mis abuelos cruzaron el charco y recorrieron buena parte de Europa, pasaron por Lisboa [y me acuerdo que me trajeron de regalo una birome, cuyo capuchón escondía una banderita portuguesa que, cuando escribías, flameaba con el movimiento de la escritura], y les encantó. Y, ya que estoy acá, tan cerquita ¿por qué no darme una vuelta? Y allí fui, a conocer la capital de este país que tan insignificante me resultaba hasta hace no demasiados meses. Quizá por la reciente cercanía sentimental que tengo con el lugar, porque, de alguna forma, me 'tenía que gustar', porque la sentí cálida y cercana a pesar de no conocer la lengua, porque es Europa pero más latinoamericana que cualquier otra, me encontré en Lisboa con una ciudad que no imaginaba pero ni en mis sueños.
Bella es poco: es la simpatía de sus habitantes, sus calles de piedra, sus castillos en el medio de la ciudad, sus techos de tejas naranjas, su río -solo los que vivimos al lado de uno, sabemos cuánto su presencia marca nuestra identidad citadina-, sus pasteles de nata y de Belem, sus tranvías amarillos, sus infinitos azulejos, sus cafés a cualquier hora del día y en cualquier asiento que haya a la vista.
'Alfama' como barrio paradójico: -otra vez, como en la mayor parte de Europa- esas callecitas laberínticas, que suben y bajan, donde mirar al cielo significa mirar la ropa tendida del 'día de lavado' y que eso nos haga sentir más en familia, donde las paredes blancas reflejan el sol de media tarde y busquemos, aunque sea por pura fantasía, un cartel de 'Aluga-se', para imaginarnos una posible estadía, esta vez más prolongada, esta vez más de local.
Me imagino que si un alemán visita Lisboa, la va a ver pobre: porque, para mi, Lisboa era eso, una 'pobreza digna'. Porque sus paredes no están pintadas, porque no hay búsqueda de prolijidad -como sí la había en Londres- y se nota a primera vista. Y, sin embargo, es todo eso lo que la hace más bella: que en su no-búsqueda de pretenciosidad, logra encantar con lo que verdaderamente es, sin ambición, sin simular.


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