¿Por qué ir a Bilbao? ¿Es una ciudad que valga la pena conocer? ¿Tiene algo realmente importante para ver? Vaya uno a saber cómo –porque mi contacto con el mundo de la arquitectura tiende a cero de una manera infinita- pero sé que en Bilbao hay un Guggenheim. Y, bueno, quien me conoce, conoce mi fetiche por el arte contemporáneo. Entonces, ahí está la razón por la que ir a Bilbao: visitar el Guggenheim. Pero … ¿una ciudad solo por un museo? Sí, porqué no. Y de paso, entro un poco más en contacto con todo ese tema independentista vasco –ese idioma, ¡por favor! ¿De dónde salió? ¡Es completamente ‘’rootless’’!
El punto es que Bilbao terminó siendo mucho más que solo un museo y mucho más que una ciudad industrial replanificada en los últimos 20 años. Bilbao es una ciudad bella, pero no en el estilo parisino de belleza. Al contrario: Bilbao es bella en su minimalismo, en su prolijidad, en su estilo moderno y poco recargado. Y sí, si subís a una colina lo que resalta es esa estructura metálica, escalonada y ondulante, que hospeda obras contemporáneas como solo un Guggenheim lo puede hacer. ‘Puppy’ y ‘Tulips’ de Koons –el primero en la entrada principal, el segundo en el balcón que da al puente rojo que completa la escena-, pinturas de Sam Francis y Louis Morris, Motherwell y Kline y, mi preferido sin lugar a dudas –porque la última vez que lo vi en la Tate de Londres, se me puso la piel de gallina-, Rothko, con sus paneles rojos y amarillos, que abruman, emocionan, transportan a otra dimensión donde no hay contacto con el exterior.
Bilbao fue, aparte, mi primer viaje por Europa acompañada con coetáneos etarios. Porque hasta ahora había estado sola –Londres + Edinburgo- o con familia –madre en París-, pero no con gente de mi edad que conocí acá. Fuimos dos portugueses y yo los que decidimos hacer el viajecito y se sumó a la estadía el muchacho que nos hospedó: un estadounidense muy simpático, girador de mundos –pasó por Buenos Aires y todo-, ya recibido y llamativamente joven -¡21 años!-. Creo que el único gran ‘PERO’ en esos 3 breves días en la ciudad vizcaína fue el frío. Con solo decir que me empecé a cuestionar seriamente mi preferencia por las bajas temperaturas, creo que describo con claridad el frío que hacía, de ese que hace que no quieras salir del subte porque ahí está calentito o que te incita a buscar constantemente una taza de café para tener entre las manos, que ni siquiera con guantes logran mantener una temperatura medianamente aguantable. Quizá es porque me olvidé del frío porteño, pero me da la sensación de que hasta el invierno europeo es distinto del argentino. ¿Por qué? Porque realmente estoy pasando frío –noches en las que pierdo cualquier tipo de contacto neuronal con los dedos de los pies, por ejemplo-, cosa que no me sucede cuando estoy en mi ciudad de origen. Pero, hasta ahora, solo sucedió en Bilbao y Madrid; Barcelona sigue siendo una ciudad templada, donde, cuando sale el sol, todo es mucho más alegre y acogedor.
Entonces, ¿el balance de Euskadia? Definitivamente positivo; con solo pensar que hasta se me cruzó por la cabeza: ‘ya fue, encuentro trabajo acá y el próximo semestre, abandono Barcelona … y Buenos Aires’.


Me gustan tus descripciones que se demoran en los detalles, en tu encontrarte y desencontrarte en ciudades y espacios nuevos.
ResponderEliminarAsoma una voz que busca dar con las sensaciones, una voz que todavía puede ser más osada (quizás éste pueda ser un hilo a desovillar en el devenir de la escritura de este diario), pero que busca dejar una huella por cierto personal, registrar un viaje que es un viaje hacia vos misma.
Me encantará seguir leyéndote en este narrar detenido de tu blog.
Un abrazo, Ana María