25 de agosto de 2011

Londres - Edinburgo

Bueno. Aquí comienza la narración de mi vuelta por Europa. 
La idea de mantener un diario de viaje siempre me gustó; es más, siempre lo hice. Tengo un cuaderno de tapa naranja, donde quedaron registrados más de una travesía por algún lugar que no fuera Buenos Aires: el viaje de egresados a Italia en el 2006, el Festival de Cine de Mar del Plata –un primer y muy valorado viaje iniciático con mi tan querida Marti- en el verano de 2007, la lluviosa estadía en Buzios en 2008 con mi madre. El mejor viaje que hice hasta ahora –sin intención de desmerecer al resto- cerró el período del cuaderno de tapa naranja, y dio comienzo a otro cuaderno –esta vez, más paqueto- donde dejar registro de mis vueltas por el mundo. El viaje fue a NYC. Fueron 12 días de conocer, caminar, buscar, sacar fotos, hablar más en castellano que en inglés, almorzar en pequeños carritos en la calle, ver los cupcakes más lindos del mundo –aunque no tan ricos, debo admitir- probar los ‘mac and cheese’, ver a Radiohead y a Regina en vivo por primera vez, ir al MoMA, tirarse en el Central Park a ver un rato el sol. Resulta casi innecesario notar que todas esas vivencias hicieron del viaje una experiencia alucinante, pero no puedo dejar de decir que fue la compañía lo que, definitivamente, pusieron a mis días en ‘La Gran Manzana’ en el pueso número 1 de mis andanzas por ahí. Y, que conste, esto no es una alabanza a mi acompañante. Nono. No quiero sacarle mérito tampoco. Es para, simplemente, dejar en claro cuánto suma una buena compañía. Y la buena compañía no implica que la otra persona sea copada o no, que elija todo igual que nosotros, que nos diga a todo que sí, que prefiera caminar antes que tomar el subte, que le guste más la mostaza que el kétchup. Sino que una buena compañía es aquella persona con la que queremos viajar, pasar el tiempo, compartir algo nuevo, asombrarse juntos y sentirse extranjeros –o no: quizá uno se siente más local que otra cosa y entonces, tal vez, encontró el propio lugar en el mundo.
Hubo después de NYC otros viajes, más o menos afortunados, más o menos deseados, más o menos planeados. De todos –o de su gran mayoría- quedó algún registro escrito.
Y, de nuevo, aquí estoy, viajando. Más específicamente en un tren de Londres a Edinburgo, con la campiña inglesa alrededor, de esa que siempre escuchamos hablar pero sobre la que nos preguntamos: ¿realmente existirá? Sí, se los confirmo: aquí está, pasando fugazmente por la ventana del tren; todo verde, todo ondulado.
Yendo un poco con la modernización de nuestras vidas, elegí, esta vez, el soporte virtual para escribir. Tal vez por el auge de las redes sociales que, de alguna manera, nos hacen compartir -¿o exhibir?- todo aquello que hacemos. O quizá para sacudirle el polvo a la idea del cuaderno, es que el blog me pareció una buena opción. Veremos en un tiempo si fue o no una buena
 
decisión –no como la mochila de 20 kgs. que cargo como un trasto viejo en estos días. 
[banda de sonido]
La pretensión de este diario de viaje virtual no es tanto dejar un registro día por día, sino más bien reflejar impresiones, imágenes, percepciones. Y aquí la primera: veo, desde la ventana del tren, el mar que rodea la costa escocesa. Me hace acordar a ‘The Ghost Writer’. Hay en el mar una línea que zigzaguea y lo corta por la mitad. Los pueblos que vi son exactamente iguales a como se ven en las películas inglesas: pequeñas casitas, una pegada a la otra, con un obligatorio jardincito al fondo –que no necesariamente tenga pasto, pero donde cuelgan la ropa, dejan los juguetes viejos y usados de los chicos, plantan alguna lechuguita-, ladrillo a la vista, dos chimeneas por techo. Pensé en ‘Secrets and Lies’, pensé en ‘Billy Elliot’ –es más, pasé por su pueblo, Durham-, pensé en ‘Another Year’. Y ahora con el mar debajo de un discreto peñasco, pienso en ‘Cumbres Borrascosas’. 
Recuérdenme cómo es que llegué acá, que yo todavía no lo puedo creer.


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