8 de enero de 2012

Dublín + Cork

Dublín es una de esas ciudades de cuya existencia siempre estuve al tanto. Aquí, vale hacer una aclaración: no es que uno no sepa que existen ciudades tales como Lisboa, Dublín, Belfast –para elegir solo algunas que forman parte de la Europa Occidental-, sucede simplemente que no son lugares demasiado presentes en nuestro imaginario colectivo. Para los que vivimos del otro lado del Atlántico y siempre soñamos con visitar el Viejo Continente, nuestros destinos más elegidos son París, Roma, Madrid, y, quizá con un poco menos de fuerza, pero Londres también podría estar en esa lista. Después, si tenemos un poco más de suerte –y voluntad de ahorro-, podemos llegar a pensar en Berlín, Viena, Praga, Budapest. Pero esas ya están bastante más lejos y no solo geográficamente, sino también lingüísticamente -¿alguien que sepa hablar húngaro?-
Pero, de repente, vivir en Europa cambia completamente la percepción que se tiene desde el otro lado del charco. Todo parece más cerca –en realidad, todo está más cerca-, todo es más ‘’alcanzable’’. Y entonces, ahí me encontré, en Dublín, completamente del otro lado del Atlántico, en una isla que entra unas cuantas veces en la Provincia de Buenos Aires. Acompañada por el grupo de gente que conocí aquí, pasamos algunos días en la capital irlandesa, para después emprender un viajecito en auto –¡manejando por la izquierda!- hasta Cork. Dublín no me resultó deslumbrante. Y un frío que ni te cuento. Tiene la belleza de todos los lugares europeos a los que fui hasta ahora –las casas bajas, ningún edificio exageradamente alto, un río que la atraviesa- pero nada que la distinga particularmente –más allá de las Guiness ad infinitum, que tampoco me gustan-. Y es en extremo pequeña: de solo pensar que la población completa de Irlanda es de 4.500.000, Dublín no parecía una ‘capital europea’. A ver, no le quiero quitar mérito, simplemente que no me enamoró como sí sucedió con otras ciudades. Y no pasa por su tamaño o población sino quizá por un encanto que no logré encontrarle.


Cork, en cambio, y aunque completamente distinto, sí funcionó a su manera. Un pueblito muy pequeño en la costa sur, sobre el mar, frío pero no tanto, con un faro que se distingue por ser el más meridional de la isla. Tal vez por haber estado con mi grupo de gente, por haber tenido un par de momentos –tal vez demasiado- intensos de introspección, ese par de días fueron .. sí, intensos es la palabra. Estoy en la otra punta del Atlántico, con gente cuya existencia no conocía hasta hace unos pocos meses y que hoy protagonizan mi cotidianeidad, en una isla que nunca siquiera me planteé en visitar. ¿Cómo es que llegué a este lugar? No sé, pero difícilmente podría ser mejor. 


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