8 de diciembre de 2011

Madrid


Breve pero contundente, pasé solamente algunas horas en la capital española. No siento que puedo decir ‘conozco Madrid’, pero sí que taché un par de cosas de la lista ‘cosas para hacer antes de morirme’ -¿ya pensando en morirme? ¡No! Pero hay que empezar rápido, antes de darme cuenta que tengo 70 años y todavía la lista es más larga que corta-. Qué taché, entonces: visitar el Museo del Prado y el Museo Reina Sofía. Sí, vi en vivo y en directo a ‘Las Meninas’, ‘El fusilamiento de 1808’ y el ‘Guernica’. No es poca cosa. Caminé también un poco por la Plaza del Sol, estuve dando vueltas por Atocha –tan trágicamente conocida-, comí un bocadillo de calamares en un bar de tapas muy típicamente español –donde a las dos palabras que dije, me preguntaron: ¿argentina? Y, sí ¿tanto se nota?- y saqué fotos de la Plaza Mayor. Todas las personas con las que hablé sobre Madrid me dijeron que era una ciudad chata, aburrida, sin gracia. Y, sin embargo, a mi me gustó … y bastante. Quizá me conformo demasiado fácil o tengo debilidad por las ciudades españolas –porque, hasta ahora, la idea de ‘acá podría vivir’ me surgió más que nada en España. Ni Londres ni París me despertaron la misma sensación. Sí, en cambio, me sucedió en Edinburgo, eso no lo puedo negar-. Pero ese encanto innegable que tienen las callecitas que surgen de ningún lado, angostas, con edificios de ventanas grandes y paredes decoradas con algún dibujo, a mi me puede. Y el Reina Sofía es una maravilla. No puedo esquivar la idea de que los museos de arte moderno y contemporáneo son mi lugar en el mundo. 4 horas estuve dando vueltas, maravillándome con lo mismo que me maravilló en el Guggenheim de Bilbao o en la Tate de Londres. Y eso que me imaginaba al Guernica como un mural mucho más grande, más imponente. Pero cómo me gusta que la pintura haya salido del figurativismo, que el arte de hoy en día implique una participación del espectador, que ya nada se reduzca a un lienzo sino a una instalación que implica un concepto que no está únicamente en la interpretación de una pincelada, sino en la percepción de la intención del artista, expresada a través de un video, una foto, un empapelado, una alfombra en el piso, unas cuantas líneas escritas, un contexto. 


España quizá me despierta la familiaridad de la cultura que nos conquistó hace 500 años y, tal vez por eso, la particular debilidad por sus ciudades. Porque sigue siendo una ‘especie de’ Argentina pero en otro continente. Y, si bien es justo este, un momento en el que Europa está más hundida que flotando, el Viejo Continente sigue teniendo un particular poder de seducción. Porque cuando cruzás la calle el auto frena y te deja pasar, porque la gente limpia la caca del perro, porque el colectivero no te apura para que te subas o no elige seguir de largo si no tiene ganas de parar donde vos lo estás esperando. Sonará tonto hacer referencia a ese tipo de actitudes, pero son justamente esas pequeñas cosas las que mejoran la calidad de vida. Me sigo preguntando si mi percepción es esa porque sigo viviendo acá como visitante y no de local. No sé si alguna vez lograré salir de mi origen –tan a flor de piel en este último tiempo … ¿coincidencia?- latinoamericano, quizá un poco resentido por la triste historia común que nos une con Europa. Pero sí puedo decir que, visto desde afuera, es innegable que nos queda mucho por aprender.
Ya tendré tiempo de volver a Madrid y ‘vivirla’. Por ahora, tacho Picasso, Velázquez y Goya y me resulta más que suficiente.

1 comentario:

  1. Guau Pichi!me gusta cada vez màs como escribìs,son narraciones muy vìvidas,no carentes de alguna pincelada de humor y/o ironìa.BABERO!!!!

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