El domingo es un día que nunca me gustó demasiado. Es como un feriado pero sin ser feriado, porque no agrega un día más de descanso sino que, al contrario, nos anuncia que, al día siguiente, empezamos de nuevo con la semana. ¿Y a quién no le gusta un poquito más de descanso?
El domingo significa que todo está cerrado, que hay menos gente por la calle, que no hay mucho para hacer y que encima nos tenemos que ir preparando para la llegada del lunes. Es más, si tuviera que elegir entre domingo y lunes, definitivamente me quedo con el lunes. Díganme loca, pero hasta ese punto llega mi poco cariño hacia el domingo.
Busco, entonces, para esconder esa especie de alergia dominguera, cosas para hacer. Este último domingo que pasó, elegí la playa. Las temperaturas definitivamente lo ameritaban. Trencito de por medio, llegué a Sitges, una especie de balneario catalán, a 36 kms. de Barcelona. Es de esas ciudades que hierven durante el verano -no solo por las temperaturas, sino también por la cantidad de gente que la transita- y en el invierno, duermen, recuperando energías para la próxima marea de visitantes extraños.
Me encontré con un pueblo pintoresco pero no demasiado; algo venido a menos -tal vez por el difícil momento español- con muchas casas en venta y unas cuantas paredes bastante despintadas. Y, sin embargo, no era eso lo que importaba. Lo que importaba era lo que se veía desde el pueblo, dónde 'balconeaban' -por decirlo de una forma inmobiliaria- todas las ventanas. El Mediterráneo. Quizá más mito, más historia que realidad, pero ese mar es testigo de buena parte de la historia de Occidente. Un color entre verde y celeste, una temperatura ideal, sin olas. El estilo de mar que más me gusta. La playa estaba que rebalsaba de gente, por lo que elegí una piedra y ahí me senté. Y ahí me quedé durante tres horas. Simplemente ahí, estando. Obviamente, como no podía ser de otra manera, terminé como un camarón. Pero quién me quita esas tres horas de puro mar, de viento que hace olvidar un ratito el sol que quema fuerte, de olor salado, de pelo despeinado y nariz roja.
14 de septiembre de 2011
8 de septiembre de 2011
Nómade
Un amigo, que se autocalifica como 'nómade por naturaleza', me escribe:
"No importa mucho dónde vayas, sino quizás lo que estás dispuesta a encontrar en el viaje.
Dejá ir todo, cerrá los ojos e imaginate por un momento que no tenes raices, que no tenes que volver a la argentina, que ni siquiera conoces ese lugar..."
Y me viene de bien. Porque no estoy volviendo a encontrar lo que encontré en la primera parada del viaje -Edinburgo, vale recordar. No sé tampoco cuánto fue real, cuánto le estoy poniendo a la ciudad, cuánto fue por ser la primera parada y venir con todo el envión de finalmente empezar esta modesta travesía.
Creo, a pesar del aplastamiento momentáneo del ánimo, que ya voy a encontrar esas caras conocidas -aún desconocidas- que tanto estoy ansiando ver.
[lo que suena]
"No importa mucho dónde vayas, sino quizás lo que estás dispuesta a encontrar en el viaje.
Dejá ir todo, cerrá los ojos e imaginate por un momento que no tenes raices, que no tenes que volver a la argentina, que ni siquiera conoces ese lugar..."
Y me viene de bien. Porque no estoy volviendo a encontrar lo que encontré en la primera parada del viaje -Edinburgo, vale recordar. No sé tampoco cuánto fue real, cuánto le estoy poniendo a la ciudad, cuánto fue por ser la primera parada y venir con todo el envión de finalmente empezar esta modesta travesía.
Creo, a pesar del aplastamiento momentáneo del ánimo, que ya voy a encontrar esas caras conocidas -aún desconocidas- que tanto estoy ansiando ver.
[lo que suena]
2 de septiembre de 2011
Regent's Park
Un día soleadísimo en Londres.
Almuerzo en el Regent's Park, uno de esos enormes parques que hay por aquí.
Fotos y banda sonora:
Almuerzo en el Regent's Park, uno de esos enormes parques que hay por aquí.
Fotos y banda sonora:
1 de septiembre de 2011
5 días en Londres
Londres Londres Londres.
En realidad, hace ya 6 días que estoy acá, dando vueltas. Y qué puedo decir. No, no puedo decir que Londres es lo que esperaba. Sí, es menos. Quizá por la construcción de expectativas que tengo en marcha desde siempre, vaya uno a saber por qué. Yo siempre lo expliqué con cosas como: 'porque toda la música que escucho es británica' o 'adoro su acento'. Pero, en realidad, no se me ocurre ninguna otra razón, con lo que mi fascinación por lo británico queda sin demasiado sustento racional.
Y, sin embargo, se escucha decir por ahí que Londres es una de las mejores ciudades del mundo. A ver, que esto no se entienda como una crítica, nono. Es una enorme expectativa, difícil de cumplir y que, efectivamente, no se cumplió. Cosas que pasan. Igualmente, y aunque lento, le voy tomando el gustito. Quizá sucede que no me resulta tan ajena. Es una gran ciudad, como lo es Buenos Aires, donde me crié y a la que adoro más que cualquier otro lugar que conozco. Y quizá por eso no encontré en Londres todo lo dazzling que esperaba encontrar: porque me resulta familiar, enorme, ruidosa, urbana en extremo.
Y, a pesar de todo, no quiero dejar pasar algunos rasgos que no dejan de llamarme la antención. En primer lugar, las londinenses. Nótese: las londineses. No es como era en Edinburgo, donde todos los hombres eran inverosímilmente bellos. Aquí, en cambio, todas las mujeres son impactantes: se producen, se visten, maquillan, coquetean con ellas mismas. Mi referencia cinéfila cae aquí en Hollywood y 'El diablo viste a la moda': es exactamente eso. Yo misma me encuentro comprando cosas, -todo lo que la pound multiplicada por 7 permita-, intentando abandonar mi buzo holgado y cómodo, para estar más a tono con la femineidad local.
Los parques es algo que a los porteños definitivamente nos falta y que aquí, abundan. Y son enormes. De verdad: enormes.
La obsesión por el orden: todo está pautado. Y cuando digo todo es todo: cuando se usa la escalera mecánica, hay que pararse a la derecha, para dejar pasar al que quiera subirla caminando; y si se obstruye el paso, uno se liga una miradita que mejor no decodificar su significado. La basura se separa, pero no en 'objetos reciclables' y 'objetos no reciclables' sino en: vidrio, papel, comestible, plástico, no reciclable. En todas las esquinas está escrito, sobre el asfalto, para qué lado mirar -sí, es cierto: deben tener presente que son uno de los pocos países donde los autos circulan al revés, pero .. ¿en todas las esquinas? Sí, en todas las esquinas. Y estos son solo algunos ejemplos que se me vienen a la cabeza. Esto no los hace mejores que nosotros -porque, reconozcámoslo, todavía está presente esa idea de que hubiera sido mejor si nos conquistaban allá por 1807- sino que, de algún modo, los hace más obsesivos, más cumplidores. Habría que hablar con un poco más de fundamento empírico, pero es en esto -según mi humildísima e infundamentada opinión- donde ellos pierden esa 'latinidad' que nosotros tenemos tan a flor de piel. No existe para el inglés el 'dejarse ser' el 'ir con la corriente' porque, justamente, todo está escrito, todo debe ser de cierta manera.
Y, a pesar de esta diatriba que linda peligrosamente con una crítica negativa, aquí algunas fotos del barrio donde me estoy quedando. No, no me molestaría vivir acá. Para nada.
En realidad, hace ya 6 días que estoy acá, dando vueltas. Y qué puedo decir. No, no puedo decir que Londres es lo que esperaba. Sí, es menos. Quizá por la construcción de expectativas que tengo en marcha desde siempre, vaya uno a saber por qué. Yo siempre lo expliqué con cosas como: 'porque toda la música que escucho es británica' o 'adoro su acento'. Pero, en realidad, no se me ocurre ninguna otra razón, con lo que mi fascinación por lo británico queda sin demasiado sustento racional.
Y, sin embargo, se escucha decir por ahí que Londres es una de las mejores ciudades del mundo. A ver, que esto no se entienda como una crítica, nono. Es una enorme expectativa, difícil de cumplir y que, efectivamente, no se cumplió. Cosas que pasan. Igualmente, y aunque lento, le voy tomando el gustito. Quizá sucede que no me resulta tan ajena. Es una gran ciudad, como lo es Buenos Aires, donde me crié y a la que adoro más que cualquier otro lugar que conozco. Y quizá por eso no encontré en Londres todo lo dazzling que esperaba encontrar: porque me resulta familiar, enorme, ruidosa, urbana en extremo.
Y, a pesar de todo, no quiero dejar pasar algunos rasgos que no dejan de llamarme la antención. En primer lugar, las londinenses. Nótese: las londineses. No es como era en Edinburgo, donde todos los hombres eran inverosímilmente bellos. Aquí, en cambio, todas las mujeres son impactantes: se producen, se visten, maquillan, coquetean con ellas mismas. Mi referencia cinéfila cae aquí en Hollywood y 'El diablo viste a la moda': es exactamente eso. Yo misma me encuentro comprando cosas, -todo lo que la pound multiplicada por 7 permita-, intentando abandonar mi buzo holgado y cómodo, para estar más a tono con la femineidad local.
Los parques es algo que a los porteños definitivamente nos falta y que aquí, abundan. Y son enormes. De verdad: enormes.
La obsesión por el orden: todo está pautado. Y cuando digo todo es todo: cuando se usa la escalera mecánica, hay que pararse a la derecha, para dejar pasar al que quiera subirla caminando; y si se obstruye el paso, uno se liga una miradita que mejor no decodificar su significado. La basura se separa, pero no en 'objetos reciclables' y 'objetos no reciclables' sino en: vidrio, papel, comestible, plástico, no reciclable. En todas las esquinas está escrito, sobre el asfalto, para qué lado mirar -sí, es cierto: deben tener presente que son uno de los pocos países donde los autos circulan al revés, pero .. ¿en todas las esquinas? Sí, en todas las esquinas. Y estos son solo algunos ejemplos que se me vienen a la cabeza. Esto no los hace mejores que nosotros -porque, reconozcámoslo, todavía está presente esa idea de que hubiera sido mejor si nos conquistaban allá por 1807- sino que, de algún modo, los hace más obsesivos, más cumplidores. Habría que hablar con un poco más de fundamento empírico, pero es en esto -según mi humildísima e infundamentada opinión- donde ellos pierden esa 'latinidad' que nosotros tenemos tan a flor de piel. No existe para el inglés el 'dejarse ser' el 'ir con la corriente' porque, justamente, todo está escrito, todo debe ser de cierta manera.
Y, a pesar de esta diatriba que linda peligrosamente con una crítica negativa, aquí algunas fotos del barrio donde me estoy quedando. No, no me molestaría vivir acá. Para nada.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)




