Y esto lentamente se acerca a su fin.
Me acuerdo, como si fuera ayer, un tweet que escribí: 'hoy me di cuenta que faltan solo tres meses para volver y casi me agarra un ataque'. Y, ahora que faltan cinco días, ya ni califico para 'el ataque'. Porque de repente me doy cuenta que el próximo martes puedo estar haciendo cola en el BBVA de la vuelta de casa para pagar la cuota de la facultad y no me entra en la cabeza. Porque mi compañera de piso me cuenta que el próximo lunes tiene una reunión donde se define su destino laboral y tomo conciencia de que voy a tener que mandarle un mail para saber qué tal fue, porque no se lo voy a poder preguntar personalmente.
¿Cómo va a ser aterrizar en Ezeiza? ¿Y escuchar de nuevo el 59 que dobla en Teodoro García? La pared a rayas de mi cuarto, ¿seguirá estando? ¿Dónde se sale un viernes a la noche si no es a dar vueltas por las Ramblas, buscando algún lugar barato y lindo? No voy a escuchar más a 'los pakis' que te acosan con el 'cerveza beer' tan característico, ni salir al balcón de mi cuarto y ver las grúas que terminan la interminable Sagrada Familia, ni escuchar a mis amigos hablar en un español todavía no demasiado aceitado, ni juntarse todas las noches aunque sea para un café, ni preferir la Voll Damm a la Estrella, ni ansiar un buen pedazo de carne jugoso, ni pagar unas cuantas chirolas para ir a recorrer otra ciudad de por acá, que no queda a más de un par de horas de vuelo.
¿Cómo vuelvo? ¿Cómo eran los billetes de allá? Ya nadie me va a mirar raro porque no hago diferencia entre la pronunciación de la Y y de la LL. Ya nadie se va a dar cuenta, a las tres palabras que digo, de dónde vengo. Ser de una ciudad con mucha fama pero que queda demasiado lejos no va a ser especial y la crisis europea la voy a ver desde lejos.
Quién te quita lo bailado dicen por ahí. Sí, es cierto. Pero mientras me muevo al ritmo de las últimas notas, la pregunta que me resuena una y otra vez es: ¿cómo se hacía para estar sin bailar?
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