28 de diciembre de 2011

Lisboa

Por circunstancias que se fueron dando a lo largo del viaje, Lisboa -y Portugal en general- empezaron a tener una particular importancia en mi vida. Porque, si nos ponemos a pensar, ¿qué significa Portugal para nosotros? Y, por 'nosotros' entiendo 'argentinos'. No, no fueron nuestros colonizadores -si bien estuvieron presentes ahí bastante cerquita, del otro lado del Río, cuando quisieron venir a complicarnos la vida, allá a principios del siglo XIX-; no, no tenemos una relación comercial/diplomática/quiensabequé importante; no, no los recibimos cuando no tenían para comer en su tierra y decidían cruzar el Atlántico para 'hacerse la América'; no, no hablamos su idioma; no, no tienen grandes cantidades de figuras culturales -pensamos en un Saramago, en un Pessoa, pero no mucho más que eso-.


Entonces, Portugal es, para nosotros, un país europeo, un poco más pequeño que el resto, que tiene la fortuna de estar situado en el Viejo Continente y que su riqueza se debe principalmente a eso. ¡Bien sea por su fortuita ubicación! Pero resulta que, en mi caso particular, cuando mis abuelos cruzaron el charco y recorrieron buena parte de Europa, pasaron por Lisboa [y me acuerdo que me trajeron de regalo una birome, cuyo capuchón escondía una banderita portuguesa que, cuando escribías, flameaba con el movimiento de la escritura], y les encantó. Y, ya que estoy acá, tan cerquita ¿por qué no darme una vuelta? Y allí fui, a conocer la capital de este país que tan insignificante me resultaba hasta hace no demasiados meses. Quizá por la reciente cercanía sentimental que tengo con el lugar, porque, de alguna forma, me 'tenía que gustar', porque la sentí cálida y cercana a pesar de no conocer la lengua, porque es Europa pero más latinoamericana que cualquier otra, me encontré en Lisboa con una ciudad que no imaginaba pero ni en mis sueños.


Bella es poco: es la simpatía de sus habitantes, sus calles de piedra, sus castillos en el medio de la ciudad, sus techos de tejas naranjas, su río -solo los que vivimos al lado de uno, sabemos cuánto su presencia marca nuestra identidad citadina-, sus pasteles de nata y de Belem, sus tranvías amarillos, sus infinitos azulejos, sus cafés a cualquier hora del día y en cualquier asiento que haya a la vista. 
'Alfama' como barrio paradójico: -otra vez, como en la mayor parte de Europa- esas callecitas laberínticas, que suben y bajan, donde mirar al cielo significa mirar la ropa tendida del 'día de lavado' y que eso nos haga sentir más en familia, donde las paredes blancas reflejan el sol de media tarde y busquemos, aunque sea por pura fantasía, un cartel de 'Aluga-se', para imaginarnos una posible estadía, esta vez más prolongada, esta vez más de local. 


Me imagino que si un alemán visita Lisboa, la va a ver pobre: porque, para mi, Lisboa era eso, una 'pobreza digna'. Porque sus paredes no están pintadas, porque no hay búsqueda de prolijidad -como sí la había en Londres- y se nota a primera vista. Y, sin embargo, es todo eso lo que la hace más bella: que en su no-búsqueda de pretenciosidad, logra encantar con lo que verdaderamente es, sin ambición, sin simular. 


13 de diciembre de 2011

Una carta de amor

Todo lo que de vos quisiera
Es tan poco en el fondo

porque en el fondo es todo

como un perro que pasa, una colina,
esas cosas de nada, cotidianas,
espiga y cabellera, y dos terrones,
el olor de tu cuerpo,
lo que decís de cualquier cosa,
conmigo o contra mía,

todo eso que es tan poco,
yo lo quiero de vos porque te quiero.

Que mires más allá de mí,
que me ames con violenta prescindencia
del mañana, que el grito
de tu entrega se estrelle
en la cara de un jefe de oficina,

y que el placer que juntos inventamos
sea otro signo de libertad.

Julio Cortázar, "Salvo el Crepúsculo"

8 de diciembre de 2011

Madrid


Breve pero contundente, pasé solamente algunas horas en la capital española. No siento que puedo decir ‘conozco Madrid’, pero sí que taché un par de cosas de la lista ‘cosas para hacer antes de morirme’ -¿ya pensando en morirme? ¡No! Pero hay que empezar rápido, antes de darme cuenta que tengo 70 años y todavía la lista es más larga que corta-. Qué taché, entonces: visitar el Museo del Prado y el Museo Reina Sofía. Sí, vi en vivo y en directo a ‘Las Meninas’, ‘El fusilamiento de 1808’ y el ‘Guernica’. No es poca cosa. Caminé también un poco por la Plaza del Sol, estuve dando vueltas por Atocha –tan trágicamente conocida-, comí un bocadillo de calamares en un bar de tapas muy típicamente español –donde a las dos palabras que dije, me preguntaron: ¿argentina? Y, sí ¿tanto se nota?- y saqué fotos de la Plaza Mayor. Todas las personas con las que hablé sobre Madrid me dijeron que era una ciudad chata, aburrida, sin gracia. Y, sin embargo, a mi me gustó … y bastante. Quizá me conformo demasiado fácil o tengo debilidad por las ciudades españolas –porque, hasta ahora, la idea de ‘acá podría vivir’ me surgió más que nada en España. Ni Londres ni París me despertaron la misma sensación. Sí, en cambio, me sucedió en Edinburgo, eso no lo puedo negar-. Pero ese encanto innegable que tienen las callecitas que surgen de ningún lado, angostas, con edificios de ventanas grandes y paredes decoradas con algún dibujo, a mi me puede. Y el Reina Sofía es una maravilla. No puedo esquivar la idea de que los museos de arte moderno y contemporáneo son mi lugar en el mundo. 4 horas estuve dando vueltas, maravillándome con lo mismo que me maravilló en el Guggenheim de Bilbao o en la Tate de Londres. Y eso que me imaginaba al Guernica como un mural mucho más grande, más imponente. Pero cómo me gusta que la pintura haya salido del figurativismo, que el arte de hoy en día implique una participación del espectador, que ya nada se reduzca a un lienzo sino a una instalación que implica un concepto que no está únicamente en la interpretación de una pincelada, sino en la percepción de la intención del artista, expresada a través de un video, una foto, un empapelado, una alfombra en el piso, unas cuantas líneas escritas, un contexto. 


España quizá me despierta la familiaridad de la cultura que nos conquistó hace 500 años y, tal vez por eso, la particular debilidad por sus ciudades. Porque sigue siendo una ‘especie de’ Argentina pero en otro continente. Y, si bien es justo este, un momento en el que Europa está más hundida que flotando, el Viejo Continente sigue teniendo un particular poder de seducción. Porque cuando cruzás la calle el auto frena y te deja pasar, porque la gente limpia la caca del perro, porque el colectivero no te apura para que te subas o no elige seguir de largo si no tiene ganas de parar donde vos lo estás esperando. Sonará tonto hacer referencia a ese tipo de actitudes, pero son justamente esas pequeñas cosas las que mejoran la calidad de vida. Me sigo preguntando si mi percepción es esa porque sigo viviendo acá como visitante y no de local. No sé si alguna vez lograré salir de mi origen –tan a flor de piel en este último tiempo … ¿coincidencia?- latinoamericano, quizá un poco resentido por la triste historia común que nos une con Europa. Pero sí puedo decir que, visto desde afuera, es innegable que nos queda mucho por aprender.
Ya tendré tiempo de volver a Madrid y ‘vivirla’. Por ahora, tacho Picasso, Velázquez y Goya y me resulta más que suficiente.

5 de diciembre de 2011

Bilbao

¿Por qué ir a Bilbao? ¿Es una ciudad que valga la pena conocer? ¿Tiene algo realmente importante para ver? Vaya uno a saber cómo –porque mi contacto con el mundo de la arquitectura tiende a cero de una manera infinita- pero sé que en Bilbao hay un Guggenheim. Y, bueno, quien me conoce, conoce mi fetiche por el arte contemporáneo. Entonces, ahí está la razón por la que ir a Bilbao: visitar el Guggenheim. Pero … ¿una ciudad solo por un museo? Sí, porqué no. Y de paso, entro un poco más en contacto con todo ese tema independentista vasco –ese idioma, ¡por favor! ¿De dónde salió? ¡Es completamente ‘’rootless’’! 



El punto es que Bilbao terminó siendo mucho más que solo un museo y mucho más que una ciudad industrial replanificada en los últimos 20 años. Bilbao es una ciudad bella, pero no en el estilo parisino de belleza. Al contrario: Bilbao es bella en su minimalismo, en su prolijidad, en su estilo moderno y poco recargado. Y sí, si subís a una colina lo que resalta es esa estructura metálica, escalonada y ondulante, que hospeda obras contemporáneas como solo un Guggenheim lo puede hacer. ‘Puppy’ y ‘Tulips’ de Koons –el primero en la entrada principal, el segundo en el balcón que da al puente rojo que completa la escena-, pinturas de Sam Francis y Louis Morris, Motherwell y Kline y, mi preferido sin lugar a dudas –porque la última vez que lo vi en la Tate de Londres, se me puso la piel de gallina-, Rothko, con sus paneles rojos y amarillos, que abruman, emocionan, transportan a otra dimensión donde no hay contacto con el exterior. 


Bilbao fue, aparte, mi primer viaje por Europa acompañada con coetáneos etarios. Porque hasta ahora había estado sola –Londres + Edinburgo- o con familia –madre en París-, pero no con gente de mi edad que conocí acá. Fuimos dos portugueses y yo los que decidimos hacer el viajecito y se sumó a la estadía el muchacho que nos hospedó: un estadounidense muy simpático, girador de mundos –pasó por Buenos Aires y todo-, ya recibido y llamativamente joven -¡21 años!-. Creo que el único gran ‘PERO’ en esos 3 breves días en la ciudad vizcaína fue el frío. Con solo decir que me empecé a cuestionar seriamente mi preferencia por las bajas temperaturas, creo que describo con claridad el frío que hacía, de ese que hace que no quieras salir del subte porque ahí está calentito o que te incita a buscar constantemente una taza de café para tener entre las manos, que ni siquiera con guantes logran mantener una temperatura medianamente aguantable. Quizá es porque me olvidé del frío porteño, pero me da la sensación de que hasta el invierno europeo es distinto del argentino. ¿Por qué? Porque realmente estoy pasando frío –noches en las que pierdo cualquier tipo de contacto neuronal con los dedos de los pies, por ejemplo-, cosa que no me sucede cuando estoy en mi ciudad de origen. Pero, hasta ahora, solo sucedió en Bilbao y Madrid; Barcelona sigue siendo una ciudad templada, donde, cuando sale el sol, todo es mucho más alegre y acogedor.
Entonces, ¿el balance de Euskadia? Definitivamente positivo; con solo pensar que hasta se me cruzó por la cabeza: ‘ya fue, encuentro trabajo acá y el próximo semestre, abandono Barcelona … y Buenos Aires’.