Hay tres palabras que no pueden ser usadas para describir París. Esas palabras son modesto, discreto y humilde; París es cualquier cosa menos modesta, discreta y humilde.
Hace días que pienso qué escribir sobre Barcelona y, si bien ‘modesta, discreta y humilde’ tampoco son demasiado aplicables a la ciudad catalana, definitivamente están más cercanas a ella que a la capital francesa.
Uno piensa en París y las primeras imágenes que le vienen a la cabeza son, probablemente, la Torre Eiffel, los Campos Elíseos, el Arco del Triunfo, Notre Dame, la Mona Lisa y quien la hospeda, el Louvre. Tal vez por una –aún imperceptible- alienación profesional, a mi me dicen ‘París’ y pienso en revolución, en Napoleón, en comunas y guillotinas, en estudiantes reclamando por sus derechos en la primavera del ’68, en ejércitos nazis marchando por sus calles. Y en mi corta estadía no pude salir demasiado de las primeras imágenes que nos vienen a la cabeza: le saqué 36 fotos a la Torre Eiffel, algunas al Arco del Triunfo, caminé por los Campos Elíseos, entré y contemplé los vitrales de Notre Dame, miré desde afuera la pirámide del Louvre [pero no, no vi a la Mona Lisa: preferí, antes que una exposición interminable de pinturas renacentistas y estatuas griegas, una más breve y concisa impresión impresionista –valga el juego de palabras- del Museo d’Orsay].
París es ampulosidad. París es ostentación, grandeza, magnanimidad, cúpulas doradas y brillosas, es más de 30 puentes que atraviesan el Sena, es una suma de iglesias, palacetes, palacios hechos y derechos, mausoleos y museos interminables que brotan de las calles como si fuera lo más común del mundo. Y es semejante magnificencia lo que hace que la ciudad resulte completamente inabarcable, abrumadora, incomprehensible -¿existe esa palabra?-. Porque, a diferencia de Barcelona, más pequeña y en esa misma pequeñez más acogedora y cálida, París es distante en su belleza. Dejemos algo en claro: tal belleza es incontestable y quien dice lo contrario, habla con necedad. Pero, sin embargo, tanta seguridad, tanta confianza en sí misma, implican algo de soberbia que no nos permite, a nosotros, visitantes extranjeros, enamorarnos del todo. Y los parisinos tampoco ayudan: imbuidos en el orgullo de pertenecer a semejante belleza, caminan seguros de sí mismos, sin mirar a aquel que no forma parte de la grandiosidad local.
Cuando le conté a un amigo que tenía pasajes para venir, su respuesta natural fue: ‘Paris is overrated’ –textuales palabras-. No sé si mi opinión llega a tal extremo. París es insoslayable en una visita europea y, aceptémoslo, quién no quiere una fotito con la Torre Eiffel de fondo –que, por cierto, no me saqué-. Pero lleguen preparados para sentirse abrumados, completamente maravillados y, por qué no, un poco maltratados.

